Solemnidad de Todos los Santos · Domingo, 1 de noviembre de 2026
Ap 7, 2-4. 9-14 · Sal 23 · 1 Jn 3, 1-3 · Mt 5, 1-12a
Hermanos:
Hay personas cuya importancia solo comprendemos con el paso de los años. Mientras estaban cerca, sus gestos parecían pequeños: una visita repetida, una palabra que nos sostuvo, una fidelidad que no necesitaba explicarse. Después descubrimos que buena parte de nuestra vida descansaba sobre aquella entrega. La solemnidad de Todos los Santos nos invita a mirar con esa profundidad. Dios conoce la verdad de tantas vidas que nosotros apenas hemos alcanzado a comprender.
La primera lectura presenta una multitud inmensa, de todas las naciones, pueblos y lenguas. Nadie puede contarla. Esta imagen nos libra de imaginar la santidad como un recinto reservado a unas pocas figuras excepcionales. Los santos que veneramos con nombre propio forman parte de esa multitud; también pertenecen a ella muchos hombres y mujeres cuya historia no ha sido escrita y cuya fidelidad no recibió reconocimiento público.
El Apocalipsis los reúne ante el trono de Dios y ante el Cordero. No están allí para exhibir sus logros. Su canto reconoce que la salvación viene de Dios. Este detalle sostiene toda la fiesta: nadie alcanza la santidad salvándose a sí mismo. La vida santa nace de la gracia recibida y acogida, de una misericordia que transforma, de un amor al que se responde con libertad.
Por eso sus vestiduras han sido lavadas en la sangre del Cordero. Es una imagen sorprendente: la sangre que normalmente mancha aparece aquí como fuente de limpieza. Nos lleva a la entrega de Cristo. Los santos viven de su Pascua. También ellos necesitaron perdón, fueron sostenidos en la debilidad y aprendieron a recibir lo que no podían producir por sus propias fuerzas.
A veces nos alejamos de la santidad porque la confundimos con una biografía sin conflictos. Pensamos que sería necesario no haber caído nunca, no sentir resistencia, no conocer el cansancio ni la contradicción. Entonces miramos nuestra historia y concluimos que aquella llamada corresponde a otros. Pero el Señor llama a personas reales, con un pasado concreto y con heridas que necesitan ser curadas.
La segunda lectura nos sitúa precisamente en ese comienzo: somos hijos de Dios. Antes de cualquier tarea aparece un don. La vida cristiana no comienza cuando conseguimos demostrar que merecemos ser amados. Comienza al recibir el amor del Padre en Cristo. Esa filiación, acogida en la fe y recibida sacramentalmente en el bautismo, pide crecer y hacerse visible en nuestra manera de vivir.
San Juan añade que todavía no se ha manifestado lo que seremos. Hay una plenitud que permanece por delante. Nuestra existencia actual no contiene aún toda su verdad. Esta promesa resulta especialmente necesaria cuando vemos una vida limitada por la enfermedad, una capacidad que no puede desarrollarse o una fidelidad que parece haber quedado sin fruto. Dios no reduce a nadie a lo que hoy podemos observar.
El Evangelio muestra el camino de esa transformación. Jesús se sienta y proclama las bienaventuranzas. Al escucharlas, podemos sentir desconcierto. Estamos acostumbrados a llamar afortunado a quien posee, domina, consigue reconocimiento y mantiene lejos el sufrimiento. Cristo anuncia la dicha de quienes ponen su esperanza en Dios y dejan que esa esperanza cambie su relación con los demás.
La pobreza de espíritu abre las manos. Reconoce que necesitamos recibir y que ninguna posesión puede ocupar el lugar del Señor. La mansedumbre impide convertir la fuerza en humillación. La misericordia se acerca a la miseria ajena sin aprovecharla. La limpieza de corazón busca una vida sin doblez. Quien trabaja por la paz se compromete a reparar relaciones y a defender una convivencia justa.
Estas palabras tienen un rostro: el de Jesús. Él vive vuelto al Padre, se acerca a los heridos, rechaza la mentira y entrega su vida sin responder al odio con odio. Las bienaventuranzas describen la forma de su amor. Seguirlas significa entrar en comunión con él y permitir que su Espíritu vaya formando en nosotros esa misma disposición.
Debemos escuchar con cuidado las palabras dirigidas a quienes lloran o padecen persecución. Dios no necesita nuestro sufrimiento para querernos. Tampoco nos manda mantener una injusticia para alcanzar una recompensa futura. La promesa de consuelo nos compromete a consolar; la promesa de justicia nos mueve a trabajar por ella. La esperanza del cielo sostiene la responsabilidad que tenemos en la tierra.
El salmo pregunta quién puede subir al monte del Señor y habla de manos inocentes y corazón puro. Las manos y el corazón deben permanecer unidos. Podemos conservar una apariencia correcta mientras alimentamos desprecio. También podemos afirmar que tenemos buenas intenciones mientras nuestros actos dañan a otros. La gracia quiere alcanzar ambas cosas: la raíz de nuestras decisiones y las obras que nacen de ellas.
Ahí comienza una santidad cercana. En el trabajo bien hecho cuando nadie vigila. En la honestidad de reconocer un error. En la paciencia que pide ayuda antes de convertirse en maltrato. En el cuidado de una persona dependiente. En la decisión de no difundir una acusación que no hemos comprobado. Son actos concretos en los que nuestra libertad aprende a responder a Dios.
Nada de esto se sostiene únicamente con entusiasmo. Necesitamos oración, sacramentos, formación y comunidad. Necesitamos recibir el perdón y volver a empezar. Necesitamos también dejarnos corregir. Los santos no nos acompañan para que admiremos desde lejos una perfección inalcanzable. Su intercesión y su ejemplo nos animan a caminar con los medios que el Señor pone a nuestro alcance.
Al celebrar la Eucaristía, nuestra pequeña asamblea participa en una comunión mucho mayor que ella misma. Adoramos al mismo Señor a quien contemplan los santos. Recibimos al Cristo que los ha salvado y que quiere conducirnos también a nosotros a la plenitud. La muerte no ha destruido la unidad de su cuerpo.
Pidamos hoy una esperanza suficientemente grande para tomar en serio la vida cotidiana. Que no despreciemos el bien posible por parecer pequeño. Que no demos por perdida nuestra vocación a causa de una caída. Y que, sostenidos por Cristo y acompañados por todos los santos, aprendamos a vivir como hijos del Padre, hasta el día en que podamos verlo tal cual es.
Padre E. J. Benedicto
