Familia reunida en el hogar, imagen contextual sobre las conclusiones del encuentro por Amoris laetitia

Estar cerca sin tener todas las respuestas

publicado en: Reflexiones | 0

Hay momentos en que alguien de nuestra familia, un amigo o un compañero atraviesa una dificultad y nosotros no sabemos qué decir. Nos incomoda su tristeza. Buscamos deprisa una solución, una explicación o una frase que lo anime. Sin embargo, no siempre necesita que resolvamos su problema. A veces necesita comprobar que puede contarlo sin ser interrumpido ni juzgado.

Escuchar parece fácil hasta que las palabras de otra persona nos exigen dejar a un lado nuestros propios planes. Podemos estar presentes físicamente y, sin embargo, pensar en la respuesta que daremos antes de que termine. Escuchar con caridad comienza con una renuncia pequeña: no ocupar todo el espacio. Dejar que el otro termine, preguntarle qué necesita, aceptar que quizá hoy no quiera un consejo.

En Betania, ante la muerte de Lázaro, el Evangelio nos muestra a Jesús conmovido y llorando (cf. Jn 11, 33-35). Su compasión no fue una fórmula para evitar el dolor. Se hizo cercano a las personas que sufrían. No podemos reproducir lo que Cristo hizo allí, pero sí aprender de su modo de mirar a quienes están heridos: no como inconvenientes que deben desaparecer, sino como personas dignas de nuestra atención.

Conviene también distinguir entre acompañar y asumir el control. Cuando alguien relata un conflicto, podemos precipitarnos a indicarle qué hacer, llamar a terceros o decidir por él. Antes de intervenir, es mejor preguntar: «¿Quieres que te escuche o deseas que pensemos juntos qué puedes hacer?». Esa pregunta respeta la libertad y evita que nuestra buena intención se convierta en una imposición.

En otras ocasiones, la ayuda será concreta: llevar una comida, cuidar durante una hora de un familiar, acompañar a una cita, recordar un compromiso pendiente. La caridad no se mide por la belleza de lo que decimos, sino por la atención real que prestamos. Tampoco consiste en prometer una disponibilidad que no podemos sostener. Es preferible ofrecer una ayuda pequeña y cumplirla.

Hay sufrimientos que requieren atención profesional o medidas urgentes de protección. La oración y la compañía no sustituyen esa ayuda; pueden sostener a la persona mientras la recibe. Amar al prójimo incluye reconocer los límites de nuestras capacidades y pedir colaboración cuando es necesario.

Hoy podemos practicar algo sencillo: pensar en alguien a quien hemos escuchado poco, dedicarle unos minutos sin distracciones y preguntarle cómo está de verdad. Quizá no encontremos palabras extraordinarias. No hacen falta. Muchas veces, la fidelidad de quedarse, escuchar y cumplir un gesto concreto dice más que cualquier consejo.

Rvdo. Padre E.J. Benedicto

Imagen: familia reunida en el hogar. Foto: Jelly Marketing / Unsplash; fotografía de archivo.