Domingo de Resurrección — homilía sobre Juan 20, 1-9

No entiendes nada, pero has venido. Eso es fe.

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Homilía
5 abril 2026 · Domingo de Resurrección

«No entiendes nada, pero has venido. Eso es fe.»

Juan 20, 1-9

Homilía del Domingo de Resurrección
Domingo de Resurrección · Juan 20, 1-9

María Magdalena fue al sepulcro cuando aún estaba oscuro. No esperó a tener certezas. No esperó a sentir fe. Fue porque sí. Por costumbre. Por amor. Por no saber qué más hacer. Tú haces lo mismo.

Te levantas algunas mañanas sin ganas de rezar. Sin sentir nada. Con la losa del cansancio, de la rutina, de una pena que no te dejas tocar. Y aun así, vas. A la iglesia. Al Oratorio. Al grupo de WhatsApp. Al vídeo del canal. No porque estés convencido. Sino porque no sabes dónde más ir.

Eso no es poca cosa. Eso es María Magdalena en la oscuridad.

Pedro y Juan corrieron al sepulcro. Juan llegó primero, se asomó, pero no entró. Pedro llegó después y entró sin pensarlo. Tú has hecho las dos cosas.

A veces has corrido hacia algo con mucha ilusión: un proyecto, una comunidad, una relación, un cambio de vida. Llegaste primero… y te quedaste en la puerta. Algo no encajaba. No entraste del todo. Y estuvo bien. No te culpes.

Otras veces has entrado sin pensarlo. Te has lanzado. Y luego has visto que dentro tampoco estaba Jesús. Solo vendas vacías.

Y entonces te has preguntado: «¿Para qué he corrido tanto? ¿Para qué he entrado?»

Te entiendo. Pero escucha: no corriste en vano. Porque cuando entró Pedro, Juan entró detrás. Alguien necesita tu ejemplo para atreverse a cruzar el umbral. Tú, con tus entradas y tus dudas, estás allanando el camino para otro.

«Vio los lienzos tendidos y el sudario enrollado aparte.»

Nadie había robado el cuerpo. Si lo hubieran robado, habrían tirado las vendas al suelo, las habrían arrancado. Pero estaban ordenadas. Como si alguien hubiera salido de dentro con calma. Con poder. Con dignidad.

Tú has visto cosas así en tu vida. Momentos en los que, sin explicación, el caos se ha ordenado. Una herida que dejó de doler. Un abandono que se convirtió en libertad. Un fracaso que, con el tiempo, resultó ser una puerta.

No lo entiendes. No hace falta. La fe no es entender. Es ver el orden en medio del desorden y decir: «Aquí ha pasado algo.»

«Entonces entró también el otro discípulo, vio y creyó.»

Juan no creyó cuando vio desde fuera. Creyó cuando entró. Cuando se mojó. Cuando se atrevió a traspasar el umbral que Pedro había traspasado antes.

Tú has tenido ese momento. Quizá no fue una visión ni un milagro. Fue algo más sencillo: una noche que dormiste tranquilo sin motivo. Un perdón que no creías capaz de dar. Una Eucaristía en la que, por un segundo, supiste que Él estaba ahí.

No entendías las Escrituras. No entendías por qué tenía que resucitar. Pero creíste. Y eso es todo lo que Dios te pide.

San Agustín lo dijo: «Vio vacío el sepulcro y creyó que había resucitado. No entendía aún cómo, pero su corazón dijo: ‘No está aquí’. Y fue suficiente.»

Para ti esta semana

No te pidas entender. No te pidas sentir. No te pidas correr más rápido que nadie.

Solo te pido una cosa: sigue yendo al sepulcro. Aunque esté oscuro. Aunque no veas nada. Aunque no entiendas nada.

Ve porque Él está, aunque no lo sepas.
Ve porque tu corazón necesita ese paseo sin respuestas.
Ve porque los lienzos vacíos siguen ahí, esperando que los mires.

Y un día, sin saber cómo, entrarás. Y verás. Y creerás.

No antes. No después. A su tiempo.

Que la Santa Faz, que no viste en el sepulcro pero te espera en Galilea, te bendiga. Que San Atanasio, que fue desterrado cinco veces sin entender por qué, te dé su misma perseverancia tozuda. Y que el Resucitado te dé paz, no la paz de entenderlo todo, sino la paz de saber que, aunque no entiendas, Él sí te entiende a ti.

Amén.

Para que lo lleves contigo esta semana

Repite esto cada mañana antes de levantarte:

«Señor, no entiendo nada. Pero aquí estoy. Otra vez. En el sepulcro. A oscuras. Dame solo la fuerza de quedarme. De entrar. De creer. Aunque sea sin entender.»

  • Si estás en la oscuridad (dudas, silencios de Dios, desánimo): haz como María Magdalena. Ve al sepulcro aunque no veas nada. Ve porque Él está, aunque no lo sientas.
  • Si eres de los que corren rápido pero se quedan en el umbral (intelectuales, sensibles, temerosos): no te culpes. Pero pide a Dios un Pedro que te empuje a entrar. A veces la fe se contagia entrando detrás de otro.
  • Si eres de los que entran sin pensar (impulsivos, prácticos, pastores): no menosprecies a los que se quedan fuera. Tu entrada allana el camino para ellos. Entra con humildad, no con estrépito.
  • Si no entiendes las Escrituras (y quién las entiende del todo): no esperes a entender para creer. Cree, y la inteligencia vendrá detrás. Como dijo San Anselmo: «No busco entender para creer, sino que creo para entender.»

♰ Rvdo. Padre E.J. Benedicto O.S.S.A

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