«Tus puertas cerradas no son un problema para Él»
Juan 20, 19-31

«Al anochecer de aquel día… estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo.»
No eran cobardes. Eran realistas. Habían visto matar a su Maestro. Temían acabar igual.
Tú también cierras puertas. No siempre de madera. A veces son puertas del corazón: no cuentas lo que de verdad te duele. No muestras tu duda. No dices que a veces ya no sabes si crees. Te proteges. Te escondes. Y no está mal. Es supervivencia.
Pero escucha esto: Jesús no llama a la puerta. Entra. Atraviesa la madera, el miedo, el orgullo, la vergüenza. Se pone en medio. Y lo primero que dice no es «arrepentíos» ni «tenéis que esforzaros más». Lo primero que dice es:
«Paz a vosotros.»
No paz después de que arregles tu vida. Paz ahora. En medio del miedo. Con las puertas aún cerradas.
Les enseñó las manos y el costado.
Jesús no enseña su resplandor. Enseña sus heridas. Porque sus heridas son tu puerta de entrada. Ahí es donde Él te reconoce. Ahí es donde tú le reconoces a Él.
Tú tienes heridas. Algunas visibles, otras que ni tu familia conoce. Abandonos. Traiciones. Un divorcio. Una orientación que has tenido que aprender a vivir sin banderas pero también sin mentiras. Un cansancio de rezar que no le cuentas a nadie.
Pues mira: el Resucitado no tiene un cuerpo de foto de estudio. Tiene un cuerpo con agujeros. Porque la victoria de Dios no borra el sufrimiento, lo transforma.
San Gregorio Magno dijo: «La herida del costado muestra el amor que nunca se cierra.» Tus heridas también pueden mostrar amor, si dejas que Jesús se ponga en medio.
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados.»
Aquí viene lo duro. Jesús no te da el Espíritu solo para que te sientas bien. Te lo da para que perdones. Para que sueltes. Para que dejes de llevar la contabilidad de quién te falló.
Tú tienes a quién perdonar. Lo sabes. El obispo que te abandonó. Los santeros que te utilizaron. Los que te echaron de Open Episcopal. Tal vez a tu ex marido. Tal vez a ti mismo.
El Espíritu que Jesús te sopla no es un viento suave. Es un vendaval que derriba muros. Pero para eso tienes que abrir la puerta de tu rencor. Solo un poquito. Él se encarga del resto.
«Si no veo… si no meto el dedo… no lo creo.»
Tomás no es el incrédulo. Es el honesto. El que no finge tener una fe que no tiene. El que dice en voz alta lo que tú piensas en silencio: «No puedo creer solo porque otros digan que han visto. Necesito tocar.»
Jesús no le regaña. No le dice «qué mala fe tienes». Le dice: «Trae tu dedo. Mete tu mano.» Le ofrece exactamente lo que Tomás pidió.
Dios no se ofende por tus dudas. Se ofende por tus mentiras piadosas. Prefiere un Tomás que exige tocar las heridas, a un discípulo que asiente con la cabeza mientras por dentro está vacío.
Y cuando Tomás toca… no dice «ahora entiendo». Dice algo mucho más grande:
«¡Señor mío y Dios mío!»
No entendió nada. Adoró. Porque la fe no es entender. Es arrodillarse.
«Bienaventurados los que crean sin haber visto.»
Esa bienaventuranza es para ti. Porque tú no has metido el dedo en el costado de Cristo. Pero has visto otras cosas: un silencio que se volvió paz. Un abandono que se volvió libertad. Una comunidad pequeña que sigue junta aunque no tenga obispo ni gran iglesia.
No has visto a Jesús resucitado. Pero has seguido aquí. Con las puertas cerradas. Con miedo. Con dudas. Y Él ha entrado. Una y otra vez. Y te ha dicho: «Paz a ti. No a la que entiendes. A la que yo doy.»
Eso es creer sin ver. Y eres bienaventurado. No por fuerte. Por fiel.
No te pidas no dudar. Las dudas son escalones, no abismos.
No te pidas perdonar de golpe. Solo permite que el Espíritu sople un poco sobre esa herida que no cierras.
No te pidas tener las puertas abiertas. Déjalas cerradas si necesitas. Pero susurra: «Señor, aunque no veo, aquí estoy. Entra, aunque no llames. Y dime esa palabra que solo Tú sabes: Paz.»
Que la paz que no entiendes, pero que a veces llega sin motivo, se quede contigo esta semana. Que el costado abierto de Cristo sea tu refugio cuando no puedas con los tuyos. Y que Tomás, el honesto, el que dudó y adoró, te alcance su misma humildad para decir, sin entenderlo todo: «Señor mío y Dios mío.»
Amén.
♰ Rvdo. Padre E.J. Benedicto O.S.S.A
