Cáliz, Sagrada Escritura, rosario y crucifijo en un templo, símbolos de la fe católica

Volver a preguntarnos qué significa ser católico

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Hay palabras que utilizamos tantas veces que terminamos creyendo que sabemos perfectamente lo que significan. “Católico” es una de ellas.

La pronunciamos para identificarnos, para distinguirnos, para explicar a qué Iglesia pertenecemos. Algunas veces incluso para establecer una frontera: católico frente a protestante, católico frente a ortodoxo, católico romano frente a veterocatólico, católico independiente frente a otras comunidades.

Y quizá precisamente por eso haya llegado el momento de volver a hacer una pregunta aparentemente elemental: ¿Qué significa realmente ser católico?

No pregunto qué significa pertenecer administrativamente a una determinada institución. Tampoco cuál es nuestra tradición litúrgica, qué obispo gobierna nuestra comunidad o qué adjetivo colocamos después de la palabra. Pregunto por algo anterior. Por aquello que permanece cuando retiramos, uno a uno, todos nuestros apellidos.

Porque hubo Iglesia antes de que existieran muchas de las denominaciones con las que hoy intentamos explicarla. Hubo cristianos que confesaron una misma fe, celebraron la Eucaristía, bautizaron, transmitieron el Evangelio, reconocieron ministros y afrontaron juntos —no siempre pacíficamente— las grandes preguntas de la fe.

No debemos idealizar aquellos siglos. La Iglesia antigua conoció disputas, errores, ambiciones, excomuniones, diferencias culturales y enfrentamientos de autoridad. Pero poseía una conciencia que hoy corremos el riesgo de perder: la Iglesia era mayor que cualquiera de sus partes. Ninguna comunidad podía agotar por sí sola el misterio de aquello que había recibido.

Católico no es simplemente un nombre al que siempre deba acompañar un apellido que lo diferencie o pretenda enaltecerlo. Es un nombre. Una cualidad. Una forma de ser, de creer y de vivir. Y no necesita apellidos para ser grande.

Sin embargo, a lo largo de la historia hemos terminado identificando “católico” con nuestras propias fronteras.

Para unos, ser católico significa necesariamente estar bajo la jurisdicción de Roma.
Para otros, conservar determinada tradición litúrgica.
Para otros, poseer una sucesión apostólica demostrable.
Para otros, mantener intacta una determinada formulación doctrinal.
Y para algunas comunidades independientes, basta casi con declararse católicas, utilizar símbolos tradicionales y poder presentar una genealogía episcopal.

Creo que debemos ser mucho más exigentes. No basta con llamarse católico. No basta con poseer una sucesión apostólica. No basta con celebrar sacramentos potencialmente válidos. No basta con utilizar una liturgia antigua. No basta con estar en comunión con una determinada sede. No basta con conservar usos antiquísimos. No basta con haber resistido los errores de otros. Y tampoco basta con fundar una comunidad y colocar sobre ella la palabra “católica”.

Porque la catolicidad no es una propiedad que podamos registrar a nuestro nombre. Es algo que hemos recibido. Y precisamente porque lo hemos recibido, tendremos que responder de cómo lo conservamos y de cómo lo transmitimos.

El cristianismo comienza con una realidad incómoda para nuestro individualismo contemporáneo: nosotros no inventamos la fe. La recibimos.

Antes de que nosotros formuláramos nuestras opiniones, otros pronunciaron el Credo.
Antes de que interpretáramos las Escrituras, generaciones enteras de cristianos las escucharon, conservaron, copiaron, proclamaron y transmitieron.
Antes de nuestras comunidades estaban los Apóstoles.
Antes de nuestros proyectos estaba Cristo.

Esto no significa convertir la Tradición en una pieza de museo ni afirmar que todo lo antiguo sea necesariamente correcto. La Tradición está viva precisamente porque atraviesa generaciones humanas. La Iglesia puede profundizar. Puede aprender. Puede formular mejor aquello que ya cree. Puede enfrentarse a preguntas que los cristianos del siglo IV jamás imaginaron. Pero una cosa es desarrollar lo recibido y otra muy diferente fabricar una nueva fe.

La Iglesia no existe para inventar un cristianismo adaptado a cada época. Existe para recibir, vivir y entregar el Evangelio en cada época.

También debemos resistir la tentación contraria: convertir el cristianismo en una espiritualidad privada. Cristo no dejó solamente unas enseñanzas admirables ni una colección de principios éticos. Dejó discípulos. Una comunidad. Una fe compartida. Una misión. La Iglesia adquirió cuerpo. Agua para bautizar. Pan y vino para celebrar. Manos que bendicen. Voces que proclaman. Pastores. Comunidades concretas.

Por eso no creo en una catolicidad puramente invisible en la que cada uno pueda decidir individualmente qué conservar del cristianismo. La Iglesia es espiritual, ciertamente. Pero precisamente porque creemos en la Encarnación, lo espiritual adquiere cuerpo.

La Iglesia es visible, sacramental, apostólica y concreta. Y, al mismo tiempo, ninguna de sus estructuras históricas puede confundirse completamente con Cristo. Ahí se encuentra una tensión que debemos aprender nuevamente a vivir.

Necesitamos Iglesia. Pero la Iglesia pertenece a Cristo.
Necesitamos autoridad. Pero ninguna autoridad ocupa el lugar de Cristo.
Necesitamos tradición. Pero la tradición sirve a la fe, no al orgullo de quienes la custodian.
Necesitamos instituciones. Pero las instituciones existen para servir a la misión y no la misión para garantizar la supervivencia de las instituciones.

No existe una fórmula matemática. Pero sí existen signos que deberían encontrarse juntos: La fe apostólica. La Sagrada Escritura recibida dentro de la Tradición viva de la Iglesia. El Bautismo. La Eucaristía. El ministerio ordenado. La sucesión apostólica, entendida no como genealogía ornamental sino como continuidad de una misión. La comunión entre Iglesias. La unidad que no necesita destruir la diversidad. Una autoridad verdadera, pero limitada y responsable. La santidad. La misión. Y una apertura que impida a cualquier comunidad considerarse autosuficiente.

Porque una Iglesia puede poseer muchos signos externos de tradición y, sin embargo, vivir encerrada sobre sí misma. Puede existir sucesión apostólica sin verdadera vida apostólica. Puede existir ortodoxia doctrinal acompañada de orgullo. Puede existir disciplina sin caridad. Puede existir autoridad sin servicio. Puede existir una magnífica liturgia y una comunidad que ha olvidado al pobre que espera detrás de la puerta. Por eso la santidad sigue siendo una prueba incómoda.

¿Qué clase de cristianos producen nuestras Iglesias? ¿Personas más libres para amar o más dependientes de una estructura? ¿Discípulos de Cristo o seguidores de dirigentes? ¿Comunión o miedo? ¿Servicio o prestigio? ¿Misericordia o superioridad?

La catolicidad también tiene que poder reconocerse en sus frutos.

La Iglesia puede ser una sin ser idéntica en todas partes. De hecho, la historia cristiana demuestra lo contrario.

Han existido y existen diferentes liturgias, lenguas, espiritualidades, disciplinas y escuelas teológicas. La diversidad no es necesariamente una amenaza para la unidad. Puede ser consecuencia de la propia catolicidad. Pentecostés no hizo que todos hablaran una sola lengua. Hizo posible que una misma Buena Noticia pudiera ser escuchada en muchas.

El problema comienza cuando una forma particular de vivir la Iglesia pretende convertirse en la única medida posible para todas las demás.

Pero tampoco debemos caer en el extremo contrario. Diversidad no significa relativismo. No todas las doctrinas pueden ser simultáneamente verdaderas cuando se contradicen. No toda innovación es legítima. No toda comunidad que invoque a Cristo representa automáticamente la misma plenitud eclesial.

La verdadera comunión exige aprender a distinguir entre lo esencial y lo legítimamente diverso.

Eso exige más trabajo que imponer uniformidad. También más humildad.

Quizá uno de nuestros mayores problemas sea precisamente ese: hemos querido poseer aquello que únicamente podemos recibir.

Poseer la verdad. Poseer la tradición. Poseer la sucesión. Poseer los sacramentos. Poseer la historia. Poseer incluso a Cristo. Y después hemos utilizado esos dones para demostrar que los demás estaban fuera.

Roma puede caer en esa tentación. Oriente puede caer en ella. Las comunidades veterocatólicas pueden hacerlo. Las Iglesias independientes también. Cualquier comunidad cristiana puede terminar creyendo que aquello que ha recibido la convierte en propietaria de la totalidad. Pero la totalidad no cabe dentro de una parte.

Por eso creo que necesitamos una catolicidad mucho más humilde. No una catolicidad débil. No una catolicidad relativista. No una especie de ecumenismo sentimental según el cual todo da igual mientras nos llevemos bien. Precisamente lo contrario. Una catolicidad suficientemente segura de la verdad como para no necesitar convertirla en un arma de superioridad.

Pero quien recibe la verdad queda sometido a ella. No se convierte en su propietario.

Quizá debamos aprender nuevamente a mirar nuestros apellidos eclesiales por lo que realmente son. Pueden explicar nuestra historia. Pueden indicar nuestra comunión. Pueden expresar una tradición venerable. Pueden describir heridas que todavía no hemos conseguido sanar. No necesariamente debemos eliminarlos. Pero tampoco deberíamos permitir que ocupen el lugar del nombre.

Antes que romanos, ortodoxos, orientales, veterocatólicos, anglicanos o independientes, existe una pregunta mucho más exigente: ¿Somos verdaderamente católicos?

¿Custodiamos la fe apostólica? ¿Vivimos de Cristo? ¿Celebramos los sacramentos como realidad y no como decoración? ¿Nuestra sucesión transmite una misión o solamente una genealogía? ¿Buscamos la comunión o simplemente el reconocimiento? ¿Nuestra autoridad sirve o se sirve? ¿Nuestra tradición conduce hacia Cristo o hacia nosotros mismos? ¿Podemos reconocer los dones que Dios ha conservado también fuera de nuestras fronteras?

Quizá ser católico comience precisamente ahí. No afirmando primero lo que somos. Sino preguntándonos con cierta inquietud si nuestra vida corresponde realmente al nombre que pronunciamos.

Porque la catolicidad no es posesión. Es recepción. No es superioridad. Es responsabilidad. No es uniformidad. Es comunión.

Y quizás, cuando hayamos retirado todo aquello que hemos ido colocando alrededor de esa palabra durante siglos, podamos encontrarnos nuevamente delante de lo esencial: Cristo. Su Evangelio. La fe recibida. La Iglesia que Él quiso.

Y entonces quizá podamos volver a decir aquella palabra sin utilizarla contra nadie: Católico.
Nada más.
Nada menos.

Rvdo. Padre E. J. Benedicto
Oratorio de la Santa Faz y del Monte Carmelo

* Para situar estas cuestiones en la historia, puede leerse La Iglesia del primer milenio. El autor las desarrolla más ampliamente en La disputa de la catolicidad. La Iglesia más allá de Roma.