La parábola de los convidados a la boda, Francisco de Goya

Invitados por gracia, transformados por la respuesta

XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario · Ciclo A · 11 de octubre de 2026

La primera lectura de este domingo comienza con una imagen extraordinariamente sencilla y poderosa: Dios prepara un banquete. Isaías no describe la salvación como una sala fría en la que se examina a los hombres desde lejos, sino como una mesa abundante, un lugar de encuentro y de alegría en el que incluso las lágrimas son enjugadas. Antes de que el Evangelio nos obligue a enfrentarnos con la dureza de algunas imágenes de la parábola, conviene recordar esto: la primera voluntad de Dios es reunir, alimentar y salvar.

Jesús retoma precisamente esa imagen. Un rey celebra las bodas de su hijo y todo está preparado. Los animales han sido sacrificados, la mesa está dispuesta y sólo falta una cosa: que los invitados quieran acudir. Ahí comienza el drama. El problema no es que no haya lugar, ni que el anfitrión sea mezquino, ni que se exijan méritos extraordinarios para entrar. El problema es mucho más cotidiano: los convidados «no hicieron caso». Uno se marcha a sus tierras, otro a sus negocios. No todos reaccionan violentamente; algunos sencillamente tienen otras cosas que hacer.

Quizá ésa sea una de las formas más discretas de alejarnos de Dios. No necesariamente mediante una gran rebelión, sino mediante una sucesión interminable de prioridades. No decimos: «No quiero saber nada de Dios». Decimos: «Ahora no». Hay trabajo, preocupaciones, proyectos, cansancio, entretenimiento, asuntos urgentes. Y así puede ocurrir que el banquete esté preparado y nosotros estemos demasiado ocupados para sentarnos a la mesa.

La parábola utiliza después imágenes severas, propias del lenguaje profético con el que Jesús advierte de la gravedad del rechazo. No debemos convertir cada elemento narrativo en una descripción literal de cómo actúa Dios ni usar el texto para dirigirlo contra un pueblo o una comunidad concreta. La advertencia alcanza también a cualquiera que hoy se considere ya dentro de la Iglesia. Precisamente quien ha recibido mucho puede acostumbrarse tanto a la invitación que termine dejando de escucharla.

Entonces sucede algo sorprendente. El rey manda salir a los caminos. Ya no se busca a personas previamente seleccionadas por su prestigio o comportamiento. Los servidores reúnen «a cuantos hallaron, malos y buenos». La sala se llena de personas que probablemente nunca imaginaron que serían invitadas a semejante celebración. Aquí aparece con toda claridad la lógica de la gracia: Dios llama antes de que nosotros podamos presentar un expediente de méritos. La Iglesia no es una sala reservada para quienes ya han conseguido hacerse perfectos; es una comunidad de personas llamadas por Cristo para ser transformadas por Él.

Pero entonces aparece una escena incómoda: un hombre ha entrado sin vestido de boda. Después de una invitación tan amplia, ¿por qué se le exige algo? Precisamente porque gratuidad y respuesta no son opuestas. El hombre no es expulsado porque antes de recibir la invitación fuera indigno. Los criados habían reunido expresamente a malos y buenos. El problema es haber recibido el don como si no significara nada, entrar en la fiesta sin aceptar que participar en ella implica una transformación.

Ahí se encuentra una tensión fundamental de la vida cristiana. Podemos caer en dos errores contrarios. El primero consiste en pensar que debemos merecer previamente el amor de Dios: corregir nuestra vida, hacernos aceptables y sólo entonces acercarnos. El Evangelio lo desmiente. La llamada llega antes. Dios sale a los caminos y nos encuentra allí. El segundo error consiste en pensar que, puesto que la llamada es gratuita, nada tiene que cambiar después. También eso queda desmentido. Cristo nos recibe como somos, pero su gracia no pretende dejarnos donde estábamos.

San Pablo ofrece en la segunda lectura una clave preciosa para comprender cómo se vive esa transformación. Dice que sabe vivir en pobreza y en abundancia, en hartura y en hambre, y termina afirmando: «Todo lo puedo en aquel que me conforta». No está proclamando una autosuficiencia religiosa ni diciendo que el creyente obtendrá cuanto se proponga. Está diciendo algo mucho más profundo: después de haber sido alcanzado por Cristo, puede atravesar situaciones muy diferentes porque su fuerza ya no depende únicamente de las circunstancias.

Quizá ése sea también el vestido de boda que necesitamos aprender a llevar: una vida que comienza a parecerse al don recibido. Si hemos sido perdonados, aprender a perdonar. Si hemos recibido misericordia, dejar de tratar despiadadamente a los demás. Si hemos sido invitados sin mérito propio, abandonar la soberbia religiosa. Si Cristo se nos entrega, aprender nosotros también a entregarnos. No para comprar un puesto en el banquete, sino porque ya hemos sido invitados.

Cada Eucaristía contiene de algún modo esta misma lógica. El Señor prepara la mesa y nos llama. No llegamos porque podamos presumir de nuestra perfección. Antes de comulgar confesamos precisamente nuestra indignidad y pedimos que una sola palabra suya pueda sanarnos. Pero tampoco acudimos para permanecer indiferentes. Recibimos el Cuerpo de Cristo para convertirnos cada vez más en aquello que recibimos, para que nuestra vida vaya tomando forma eucarística: agradecida, reconciliada, entregada.

Por eso quizá la pregunta de este domingo no sea simplemente: «¿Estoy invitado?». La respuesta del Evangelio es extraordinariamente amplia: Dios ha enviado a sus servidores hasta los caminos. La pregunta más incómoda es otra: ¿qué estoy haciendo con la invitación que he recibido?

Puede haber una llamada que llevemos tiempo posponiendo. Un perdón que debemos comenzar. Una conversión que hemos reducido a propósito para más adelante. Una oración abandonada. Una responsabilidad que Dios ha puesto ante nosotros y que seguimos rodeando. Tal vez incluso participamos externamente de la vida de la Iglesia, pero algo dentro de nosotros continúa respondiendo: «Ahora no».

El banquete está preparado.

No somos nosotros quienes hemos puesto la mesa. No somos nosotros quienes hemos producido la gracia. No somos nosotros quienes hemos conseguido que Dios nos ame. Todo comienza con un don.

Pero el don espera una respuesta.

Pidamos hoy al Señor que nos libre tanto del orgullo de quien cree merecer la invitación como de la indiferencia de quien la recibe y no permite que cambie nada. Que nos encuentre en los caminos, nos conduzca a su mesa y nos revista de Cristo, para que la gracia que gratuitamente hemos recibido se convierta en una vida realmente transformada.

Amén.