XXIX Domingo del Tiempo Ordinario · Ciclo A · 18 de octubre de 2026 · Jornada Mundial de las Misiones (DOMUND)
«Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Esta frase de Jesús ha sido repetida tantas veces que corremos el riesgo de escucharla como una fórmula política ya conocida y no como la palabra exigente que realmente es.
Los fariseos y los herodianos no se acercan a Jesús para aprender. Quieren atraparlo. Empiezan incluso adulándolo: «Sabemos que eres veraz, y que enseñas el camino de Dios conforme a la pura verdad». Después plantean la pregunta sobre el tributo. Si Jesús rechaza el impuesto, podrán acusarlo ante Roma. Si lo acepta sin más, podrán presentarlo ante el pueblo como colaborador del poder imperial. Parece que sólo existen dos respuestas y que ambas pueden utilizarse contra Él.
Jesús pide entonces una moneda. «¿De quién es esta imagen y esta inscripción?». De César. Y responde: «Dad a César lo que es de César y a Dios lo que es de Dios».
La respuesta reconoce una realidad que a veces preferiríamos simplificar. Existen deberes temporales legítimos. El creyente vive en una sociedad concreta, cumple leyes justas, contribuye al bien común, trabaja, paga lo que corresponde y participa responsablemente en la vida pública. La fe no nos permite desentendernos del mundo como si todo lo terreno fuera indigno de atención.
Pero Jesús introduce inmediatamente un límite decisivo. César puede reclamar la moneda que lleva su imagen. No puede reclamar aquello que lleva la imagen de Dios. Y el ser humano ha sido creado a imagen de Dios. Nuestra conciencia, nuestra dignidad y la totalidad última de nuestra vida no pertenecen a ningún poder temporal.
Por eso esta página del Evangelio no divide cómodamente la existencia en dos compartimentos: uno para el Estado y otro para Dios. Más bien ordena nuestras lealtades. Podemos reconocer autoridades humanas sin convertirlas en absolutos. Podemos amar nuestra patria sin divinizarla. Podemos participar en instituciones sin entregarles la conciencia. Podemos defender convicciones políticas sin permitir que una ideología ocupe el lugar que sólo corresponde al Señor.
La primera lectura ofrece una imagen todavía más sorprendente. Dios llama a Ciro, un rey pagano, y lo utiliza para realizar una obra de liberación en favor de su pueblo. Ciro no pertenece a Israel, y sin embargo puede convertirse en instrumento de la providencia. Esto nos recuerda que Dios no cabe dentro de nuestros mapas políticos ni de nuestras categorías eclesiales. Puede servirse de personas, acontecimientos e instituciones que nosotros no habríamos elegido.
El salmo responde con una afirmación fundamental: «Dad al Señor la gloria debida a su nombre». Esa gloria no corresponde a César, ni a un partido, ni a una nación, ni a una estructura humana. Cuando una realidad temporal exige una adhesión que sólo pertenece a Dios, el cristiano debe recordar quién es su Señor.
San Pablo, escribiendo a los tesalonicenses, recuerda «la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y la firmeza de vuestra esperanza». Son tres expresiones muy concretas. La fe actúa. El amor trabaja. La esperanza permanece. El cristianismo no consiste solamente en profesar ideas correctas; produce una forma de vivir.
Y hoy, además, celebramos el DOMUND. La Iglesia dirige la mirada hacia quienes anuncian a Cristo en lugares donde hacerlo exige distancia, pobreza, riesgo, paciencia y una entrega que muchas veces nadie ve. La misión demuestra precisamente que la fe no puede permanecer encerrada en una esfera privada. Si hemos descubierto que toda persona lleva la imagen de Dios y que Cristo ha dado su vida por todos, esa verdad termina empujándonos hacia los demás.
Hay misioneros que atraviesan continentes. Otros permanecen durante décadas junto a comunidades pequeñas, educando, curando, celebrando, acompañando y anunciando el Evangelio. Nosotros quizá no recibamos esa llamada, pero ninguno estamos dispensados de la misión. También nuestras casas, trabajos, amistades y ciudades son lugares donde el Evangelio necesita hacerse visible.
La misión comienza además en la manera en que tratamos a quien tenemos delante. Si una persona lleva la imagen de Dios, su dignidad no depende de que piense como nosotros, vote como nosotros, pertenezca a nuestra Iglesia o pueda resultarnos útil. El cristiano no puede defender apasionadamente la soberanía de Dios y después despreciar la imagen de Dios presente en el hermano.
Este Evangelio también nos obliga a examinar nuestra relación con el poder. Podemos ser demasiado obedientes o demasiado rebeldes. Podemos convertir cualquier autoridad en enemiga o podemos justificar todo cuanto haga porque coincide con nuestras preferencias. Jesús no hace ninguna de las dos cosas. Reconoce lo que corresponde al César y, al mismo tiempo, establece que César no es Dios.
Eso exige discernimiento. Hay obligaciones que debemos cumplir precisamente porque forman parte de nuestra responsabilidad social. Y hay límites que una conciencia cristiana no debe cruzar aunque hacerlo resulte cómodo, rentable o popular. No toda legalidad equivale automáticamente a justicia, ni toda oposición constituye fidelidad. Necesitamos una conciencia formada, oración y disposición para asumir las consecuencias de vivir con coherencia.
Podemos preguntarnos hoy qué imagen gobierna nuestra vida. ¿La imagen del éxito? ¿La aprobación social? ¿El dinero? ¿Una ideología? ¿El miedo? ¿O la imagen de Dios que hemos recibido y que estamos llamados a reflejar?
Dar a Dios lo que es de Dios significa mucho más que reservarle una hora de culto o algunas prácticas religiosas. A Dios pertenece nuestra conciencia. A Dios pertenece nuestra capacidad de amar. A Dios pertenece la verdad sobre nuestra vida. A Dios pertenecen también los dones con los que podemos servir a otros. No porque Él necesite poseernos, sino porque sólo en Él nuestra libertad encuentra su medida verdadera.
En este domingo misionero podemos pedir que nuestra fe vuelva a tener consecuencias. Que la actividad de nuestra fe produzca obras; que el esfuerzo de nuestro amor alcance a personas concretas; que la firmeza de nuestra esperanza nos permita servir incluso cuando los resultados no sean inmediatos. Y que sepamos sostener con oración y ayuda material a quienes han dejado su propia seguridad para anunciar a Cristo lejos de casa.
Demos a cada realidad lo que justamente le corresponde. Y demos a Dios lo único que Él desea recibir enteramente: un corazón libre, una conciencia verdadera y una vida que reconozca su imagen en cada hermano. Entonces nuestra fe será misionera, no porque todos crucemos fronteras, sino porque Cristo podrá atravesar por medio de nosotros las fronteras que todavía separan a unas personas de otras.
Amén.
